Enviado: 2011-08-19 17:49

Siempre he tenido curiosidad por el origen de los motes, apodos, alias, sobrenombres o como queramos llamarles porque entre ellos descubres un mundo de imaginación impresionante.
En los pueblos esta costumbre está tan acendrada que a muchas familias se las identifica por el mote de alguno de sus antepasados, a pesar de que ellos no hayan heredado ninguna de las características que dieron origen al mismo e incluso en algunos casos el mote nos lleva a error.
Este es el caso de “Las Monas”: una familia con cinco hijas a cual más guapa, de donde cabría deducir que el mote les venía impuesto por su belleza. Nada más lejos de la realidad, el mote les viene de su abuela paterna, Conchita. Su aspecto era tan simiesco que la llamaban “Chita”, aunque ella jamás se dio por aludida y creía que la llamaban así por abreviar. La evolución de la especie hizo el milagro.
Otros colectivos donde se siguen manteniendo los motes es en los colegios, universidades y en la milicia.
Aquí encontramos ejemplos muy curiosos.
En primer lugar citaré a un profesor de química al que llamaban “El Antimonita”. A primera vista el mote puede parecer hasta simpático, pero si les digo que tal profesor era bizco, ya les estoy dando una pista y para aquellos de letras que no hayan estudiado química orgánica les diré que la antimonita es el nombre con el que se conoce al compuesto de trióxido de antimonio: Sb2O3. Literal y fonéticamente: “Ese ve 2 o 3”.
Recuerdo a otro profesor de Historia al que llamábamos “El Bikini”. Dicho profesor se enrollaba como las persianas: para explicar la batalla de Waterloo comenzaba a describir el aspecto físico de Napoleón, del cual más o menos teníamos la imagen de un señor bajito con un bicornio y con la mano metida en la guerrera para que no le quitaran el reloj, para luego proseguir con la figura de su esposa Josefina, de la cual relataba sus múltiples aventuras amorosas resumidas brevemente en siete palabras: “Josefina era más puta que las gallinas”. Nosotros nos preguntábamos: ¿Y esto que "coño" tiene que ver con Waterloo? En definitiva, podría ser un contertulio de cualquiera de los programas basura que tenemos en televisión, pero como profesor era un desastre de ahí su mote: “El Bikini” porque enseñaba todo… menos lo principal.
Al hijo, que siguió los pasos de su padre dedicándose a la enseñanza con las mismas carencias, le llamaban “El Topless”, porque enseñaba por encima sin ir al meollo de la cuestión.
Siguiendo con los colegios,en el CHOE (Colegio de Huerfanos de Oficiales del Ejército) conviviámos en régimen de internado los que preparábamos la oposición a las Academias Militares y como Colegio Mayor para los que estudiaban carreras Universitarias, dos grupos perfectamente definidos: "Los Virus" y "Los Chirimikis".
Era el curso 1969-1970, postrimerías del franquismo y las revueltas entre estudiantes organizadas por el SEU -Sindicato Español Universitario- y la Policía Nacional, los llamados "grises" por el color de su uniforme, eran bastante frecuentes.
El coronel director del colegio, hombre de mal genio y peor carácter, cuando tenían lugar estos enfrentamientos advertía a los universitarios que se mantuvieran al margen de tales altercados pues de lo contrario podría acarrear la expulsión del colegio en el caso de que alguno de ellos fuera detenido por la policía por su participación en los mismos. Según su criterio los universitarios que participaban en esas manifestaciones eran un auténtico virus para la sociedad a la que infectaba con sus provocaciones.
Nos hizo tanta gracia esta denominación que a partir de entonces en lugar de llamarles civiles, les llamamos "Los Virus".
Cuajó tanto el mote que los partidos de fútbol que solíamos jugar los fines de semana entre civiles y militares pasaron a llamarse de "Virus" contra "Militares", hasta que un día vimos que en el cartel donde se anunciaba el partido habían tachado la palabra "Militares" y la habían sustituido por la de "Chirimikis".
Los "Chirimikis" on unos bichitos que les salen a los virus en los cojones, dijeron.
La verdad es que no nos extrañó que estuvieran de nuestras chanzas hasta los mismísimos y, como correspondía a nuestra caballerosidad ,aceptamos el apelativo sin más.
Otra fuente de motes al margen de taras o profesiones son los apellidos.
Cela en su día se dedicó a recopilar esquelas curiosas como la de aquella señora que se llamaba Dolores Fuertes de Barriga. Ignoramos si a la tal señora la llamarían simplemente Lola, porque de haber estado en el Ejército como mínimo la llamarían “La Apendicitis”.
Atendiendo a este apartado de los apellidos recuerdo el de un Coronel del Ejército del Aire: Jorge Pequeño de Fe, conocido como “El Ateo”.
En homenaje a su hijo, compañero mío de promoción y tristemente fallecido, os referiré una anécdota de su padre.
Destinado en el Cuartel General del Ejército del Aire llama al despacho de un compañero:
--“Buenos días, despacho del Coronel Grande, dígame”
--“Buenos días ¿se puede poner el Coronel Grande?”
--“¿De parte de quién?”
--“Del Coronel Pequeño”
Silencio. Tras una pausa se oye colgar el teléfono.
El Coronel Pequeño supone que es un problema de líneas y vuelve a marcar.
--“Buenos días, despacho del Coronel Grande, dígame”
--“Por favor, quisiera hablar con el Coronel Grande”
--“¿De parte de quién?”
--“Coronel Pequeño”.
Nuevo silencio… y cuelgue de teléfono.
Nueva llamada, y esta vez con la voz alterada por el cabreo suponiendo lo que ocurría, cambia la táctica:
--“Buenos días, despacho del Coronel Grande, dígame”
--“No me cuelgue, ¿sabe usted con quién está hablando?”
--“¿Usted sabe con quién está hablando?”
El Coronel, confundido por tan inesperada contestación, responde:
--“No señor ¡ya me gustaría saberlo!”
--“Pues menos mal”
Y volvió a colgar.
Ante semejante situación no le quedó más remedio que acudir al despacho del Coronel Grande, donde le refirió a su compañero lo ocurrido en tono jocoso expresándole su curiosidad por conocer al ingenioso sujeto.
Como quiera que en el Ejército todos los mandos portan una galleta con su nombre en el uniforme, cuando el telefonista vio que se dirigían dos coroneles hacia él y pudo leer el nombre del que no era su jefe, se apresuró a excusarse:
--“Disculpe mi Coronel, creí que se trataba de una broma y por eso no le pasé la llamada”
--“De acuerdo, pero en lo sucesivo no me vuelva a colgar si no quiere que ordene que le cuelguen pero por el cuello, que es lo que me pedía el cuerpo antes de venir aquí”
Indudablemente se trataba de un soldado que no tenía su residencia en Madrid ya que de ser así estaría familiarizado con este apellido, ya que en esa época los “Almacenes Bobo y Pequeño” de la calle Atocha eran tan conocidos como “El Corte Inglés”, “Galerías Preciados” o “Simago”.
Otra circunstancia curiosa de los motes es el arraigo.
Cuando los motes están muy arraigados, como en el caso de “El Gran Wyoming”, la gente llega a olvidar su verdadero nombre: José Miguel Monzón. Estoy seguro de que muchos de ustedes lo ignoraban, o si alguien se refiriera a él por su nombre no lo identificarían. Últimamente ha perdido lo del Gran y le llaman simplemente Wyoming, y al paso que va comenzarán por llamarle Wy, y con el tiempo acabará en simplemente “Wc” que es como se designa a los retretes.
Esta característica de los motes nos lleva a situaciones curiosas como la de un amigo mío Comandante de Iberia: “El Yogui”. El mote parecía proceder de su aspecto físico, sumamente delgado, calvo y con una poblada barba blanca, que nos recuerda a un indio practicante del yoga, cuando en realidad su alias procede de su asombrosa capacidad para imitar todo tipo de sonidos y voces, entre ellas las del oso Yogui, auténtico origen de su apodo. Tan acendrado está su sobrenombre que cuando las azafatas se dirigían al pasaje en su mensaje de bienvenida, al no recordar su nombre y tras una corta pausa, lo hacían de este modo:
“Buenos días señores pasajeros, bienvenidos a bordo; en nombre del Comandante…”Yogui” y de toda su tripulación….”.
Francisco Javier Fuentes, así se llama “El Yogui”, lo tenía asumido perfectamente: no atiende por Javier y si le preguntáramos a muchos de sus amigos por su verdadero nombre no sabrían responder.
Mi buen amigo Elías Moro en tiempos de Aviaco hacía el trayecto entre Málaga y Melilla. Era anunciado por la sobrecargo en los siguientes términos:
“Buenas tardes señores pasajeros, en nombre del Comandante Moro y su tripulación les damos la bienvenida a este vuelo de la compañía Aviaco con destino a Melilla”
El anuncio no dejaba de despertar cierta expectación entre el paisaje, que no entendía por qué se referían al Comandante por su origen y no por su nombre. Algunos creian que era una política de imagen de la compañía al incluir a pilotos marroquís en la operación dado que parte del pasaje eran de esa nacionalidad.
En alguno ocasión algún pasajero llegó a solicitar la carta de reclamaciones por considerar ignominioso el término "moro". Había que recurrir al Comandante para deshacer el equívoco, el cual con su sola presencia: rubio, ojos azules y acento asturiano, mostraba claramente su procedencia y aclaraba inmediatamente el malentendido.
Había un Coronel de Aviación, del cual no recuerdo el nombre, conocido como “El Lechecitas”. Desconozco si por su buena o mala leche.
Habían contraído matrimonio discretamente y tras la luna de miel los amigos decidieron hacerles una fiesta.
El anfitrión dijo: “Recibamos con un aplauso a nuestros homenajeados: “El Lechecitas” y su esposa Blanca… "Lechecitas”.
Ante el jolgorio la mujer se quedó tan estupefacta con la presentación que no estaba segura de si a continuación iban a colmarla de besos y abrazos o iban a embotellarla.
Por último contaré la historia de “El Gayo”.
Teníamos un compañero en Aviación procedente de uno de esos pueblos de la España profunda. Su aspecto físico, indumentaria, comportamiento y acento no dejaban duda de que te encontrabas ante lo que se llama un auténtico paleto; no es de extrañar que se le conociera como “El Cateto”.
Como ya he dicho soy un estudioso de los motes y me pareció que se habían quedado cortos y lo rebauticé como “El Hipotenusa”: la suma de los cuadrados de los catetos.
“El Hipotenusa” estaba encantado con su nuevo mote que le daba cierto toque intelectual.
Por aquel entonces en el Ejército del Aire vestíamos un mono naranja y ver a “El Hipotenusa” con el traje de vuelo, sus orejas de soplillo a modo de asas, y la cresta negra de su cabeza... te recordaban irremediablemente a una bombona de butano.
Con el tiempo fue mejorando su imagen. Llego, incluso, a utilizar la cirugía estética para plegar sus orejas. No tocó su nariz, prominente y aguileña, de la cual se sentía especialmente orgulloso.
Cuando abandonamos el Ejército, mientras hacíamos el curso para incorporarnos a las Líneas Aéreas, vino un día un tanto compungido:
“Quillo, estoy pensando que cuando empecemos a volar con azafatas, me van a preguntar que por qué me llaman "El Hipotenusa", y como me da corte decirles la verdad, se me ha ocurrido contestar que es porque era hipotenso, así que corre la voz para que nadie meta la pata”.
“Hombre –le respondí- como salida no está mal pero va ser peor el remedio que la enfermedad ya que no creo que les inspire mucha confianza volar con un piloto hipotenso expuesto a que le de un desmayo en cualquier momento, así que ya buscaremos otra solución”.
Recordándole con el mono naranja y ahora vestido de azul, me vino a la memoria, el nombre de un ave que en su día me llamó la atención, con el plumaje de estos mismos colores, y que además le venía al pelo puesto que su nombre en latín es Garrulus glandarius, conocida vulgarmente como Arrendajo o Gayo.
Así pues escogí el nombre de “El Gayo” por parecerme que fonéticamente sonaba como “Gallo”, daba más empaque a su persona y, por otra parte, despertaría mayor curiosidad entre las chicas.
Cuando le hice la propuesta del cambio de mote explicándole mis razones, tras descartar su verdadero nombre que era Eufemiano, que sonaba a feo, aceptó de buen grado el nuevo apodo. A partir de aquel momento fue conocido como “El Gayo”.
Un día nos invitó a visitar su aldea, donde llegamos en su lujoso coche para impresionar a sus paisanos, al entrar en el bar uno de los parroquianos al oir que nos referíamos a él como “El Gayo” vino hacia nosotros:
--“¿Tú no eres “El Eufe”?
--Si, le respondió el aludido.
--“¿A que viene tanto “Gayo” pa aquí y pa allá?
--“Ahora me llaman así”
--“Pues no se por qué. Con tanto perifollo de maricón más bien pareces una gallina”
--“¿Maricón yo? Tráeme a tu hermana y te lo demuestro”.
--“A ver si es verdad: ¡Adefesio, ven pa cá que quieren conocerte!”
No había la menor duda del por qué de su nombre, era lo más horroroso que alguien pueda imaginarse: el antídoto de la lujuria.
--“¿No tienes otra hermana?”.
--“No señor”.
“El Gayo” emprendió una discreta retirada
--“¿Ves como eres un maricón?”.
Después de aquel incidente decidimos retirarle la “ o”, que caracteriza a las terminaciones masculinas, por lo que “El Gayo” pasó a ser “El Gay”.
Días después al preguntarle como llevaba su nueva sexualidad respondió:
--“Sin lugar a dudas supone dar un paso atrás. Mejor dicho: 58 pasos atrás”
--“¿58?”
--Un simple problema matemático: antes practicaba al 69 y ahora el 11”